ORDO - CALENDARIO LITÚRGICO

Domingo IV de Pascua - Abril 24 de 2016

"Dejen de lado, entonces, toda impureza y todo resto de maldad, y reciban

con docilidad la Palabra sembrada en ustedes, que es capaz de salvarlos”.

 (Sant. 1,21)

• (Jn. 16, 7-8): «Si no me marcho, el paráclito no vendrá a vosotros; por el contrario, si me marcho, os lo enviaré. 8 Y él, por su venida, confundirá al mundo en materia de pecado, de justicia y de juicio»

• (Jn. 16,12-15): «Todavía tengo muchas cosas que deciros, pero no estáis en situación de recibirlas ahora. 13 Cuando llegue él, el Espíritu de la verdad, os introducirá en la verdad entera; porque no dirá nada de sí mismo, sino que dirá todo lo que escuche y os manifestará las cosas venideras. 14 El me glorificará, porque recibirá de lo mío y él os lo manifestará. 15 Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso os he dicho: recibe de lo mío y os lo manifestará» (traducción de I. de la Potterie).

"En el cuarto Evangelio, los textos relativos al Espíritu Santo se reparten en dos grupos.

La primera serie está formada por el anuncio del don del Espíritu, en relación con el bautismo o bajo el símbolo del agua: 1, 29-35; 3,3-5; 7,37-39. Con el discurso de despedida (13,31-16) comienza una segunda serie, donde el Espíritu recibe el título de «paráclito». Desde el punto de vista literario, este discurso se relaciona con un género muy conocido en el judaísmo y en el cristianismo primitivo, el de los Testamentos. Cuando está a punto de morir un patriarca o un jefe espiritual, convoca a los suyos para darles sus últimas recomendaciones, manifestarles el porvenir y muchas veces para designar a su sucesor, como hizo Moisés con respecto a Josué. (…) Un estudio más preciso debería determinar la relación de las cinco declaraciones que hemos presentado aisladamente, con su contexto (…) este grupo de textos merece una explicación en sí mismo, como una de las cumbres de la enseñanza del Nuevo Testamento sobre el papel del Espíritu Santo en la vida de la iglesia.

 SENTIDOS DE LA PALABRA “PARÁCLITO”

       El término «paráclito» es una simple transcripción de un adjetivo verbal griego que tiene el mismo sentido que el latín ad-vocatus: llamado aliado,abogado. Palabra perteneciente al lenguaje del pretorio, este término pasó al hebreo y al arameo para designar al que intercede en favor de alguien, al que sirve de intermediario. Por este título, el ángel intercesor puede ser considerado como paráclito (Job 33, 23-25). Al ángel intercesor se opone el satanás acusador (Zac 3, 1-6; Job 1,6; 2, 1; Ap 12, 10). La primera carta de Juan (2, 1) nos presenta con energía a Cristo como el paráclito (en el sentido de intercesor) en virtud de su sacrificio: es el único texto del Nuevo Testamento, fuera del discurso de despedida, en donde se emplea la palabra paraklétos. Si la traducción «intercesor» viene bien en este caso, no responde sin embargo a las funciones que se le dan al Espíritu Santo en Jn 14-16. Por tanto, hemos de buscar en otras direcciones.

      En la lengua bíblica, el verbo parakaleín y su derivado paraklésís son muy empleados: se relacionan con la exhortación dada por los profetas, con el aliento sacado de las Escrituras (Rom 15, 4). El mensaje del Segundo Isaías a los desterrados comienza con este verbo: «Consolad, consolad a mi pueblo» (ls 40, 1, griego). No se trata de un consuelo sentimental, sino de una exhortación vigorosa a creer en la buena nueva de la salvación y a ponerse en camino para volver a Jerusalén. Según Pablo, una de las funciones de la profecía consiste en asegurar la paraclesis (exhortación) de la asamblea (1 Cor 14, 3).Aunque tradicional, la traducción “consolador” no logra resaltar de forma suficiente el impulso que da el Espíritu Santo mediante la enseñanza de la Escritura y la palabra de los profetas.

      El cuarto evangelio presenta insistentemente al paráclito como el Espíritu de la verdad (14, 17; 15,26; 16,13). Esta expresión era conocida en el judaísmo. La encontramos especialmente en los textos de Qumran: el Espíritu de verdad, considerado como el príncipe de las luces, emprende la lucha en el mundo y en el corazón de los hombres con el Espíritu de perversidad, llamado también ángel de las tinieblas.

      Manifiestamente, el cuarto evangelio ha querido clarificar todas estas representaciones: Espíritu Santo, ángel intercesor, Espíritu de verdad… Con la elección del término paráclito, ha atribuido al Espíritu de Dios la tarea de perpetuar la obra de Cristo. De estas breves observaciones se deduce que ninguna de las traducciones propuestas (consolador, abogado, intercesor) corresponde exactamente al sentido que le da Juan. Más vale conservar la simple transcripción «paráclito» y hacer recaer todo el esfuerzo en una determinación más precisa de su papel en la vida de la iglesia.

 LA ENSEÑANZA DEL PARÁCLITO

     Una exégesis detallada de cada frase nos llevaría demasiado lejos. Tenemos que contentarnos con una visión global. A diferencia de (Jn 3, 3-8), que consideraba la acción del soplo divino en toda la vida del creyente, la atención en (Jn 14-16) se polariza en la enseñanza del Espíritu de la verdad. Es lo que muestra la atención a los verbos empleados para caracterizar su obra: enseñar (14, 26), hacer recordar (14, 26), introducir en la verdad entera (16, 13), anunciar el porvenir (16,13-15). El aspecto judiciario de esta intervención está marcado por los verbos atestiguar (15, 26) y convencer de error o reprochar (16, 8).

a) Caracterizado como Espíritu de la verdad, el paráclito tiene un papel de enseñanza que parece superar al del propio Cristo (14, 26; 16, 12s). Sin embargo, ¿no se designaba Cristo a sí mismo como la verdad (14, 6) y no era su función en el mundo la de dar testimonio de la verdad (18,37)? ¿Cómo puede añadirse la enseñanza del Espíritu a la de Cristo, el revelador por excelencia del Padre (1,18)? Los dos verbos «hacer recordar » (14,26) y «atestiguar» (15, 26s) permiten responder a estas dificultades.

     El “recuerdo” en el cuarto evangelio no es nunca una simple memoria de los hechos pasados, sino que está ligado a una comprensión superior, que hace posible la glorificación del Hijo. Así, solamente después de pascua es cuando el evangelista puede percibir el sentido pleno de ciertos acontecimientos o de ciertas declaraciones de Jesús: la expulsión de los mercaderes del templo (2, 22), la promesa del agua viva (7, 39), la entrada solemne en Jerusalén (12, 16). El recuerdo, iluminado por el Espíritu de la verdad, une en un mismo haz la promesa de la Escritura, el tiempo de Jesús y su actualidad para la vida de la iglesia.

      El testimonio es también obra del Espíritu. Se trata de una noción clave del cuarto evangelio. El testigo no es un simple aparato registrador, sino una persona que se compromete al servicio de la verdad y da la interpretación auténtica de lo que ha visto y oído. Así, Juan bautista no se contentó con referir el signo de la paloma, sino que ofreció una explicación del mismo: Jesús es el que bautizará en el Espíritu Santo (1, 29-33). Por su parte, el discípulo amado no relata solamente los últimos acontecimientos de la crucifixión, sino que nos descubre su alcance eclesial y sacramental. Así es como puede apelar en su testimonio a la autoridad de aquel que lo sabe todo, para suscitar la fe de los discípulos (19, 35). Sólo el Espíritu puede conducir a esta plenitud de la verdad. Por eso en la primera carta de Juan se caracteriza al Espíritu como aquel que atestigua y permite captar el sentido de la venida de Jesús por medio del agua y de la sangre (1 Jn. 5,6).

      El testimonio del Espíritu pasa evidentemente por ciertos intermediarios. En 15, 26s se menciona expresamente a los que estaban con Jesús «desde el principio», esto es, a los testigos de la primera hora, que siguieron a Cristo desde la orilla del Jordán y hasta la pasión. Es un grupo que supera al de los doce, como vemos en (Hch 1, 21s), y engloba a la generación apostólica, cuya importancia se subraya en (1 Jn 1, 1-4). Se trata de un testimonio colectivo, fundador, que compromete a la historia sucesiva. Por tanto, no es posible esperar una edad del Espíritu superior a la del Hijo, una enseñanza del Espíritu que dispense de meditar en la kénosis, en el anonadamiento del Verbo hecho carne. Al contrario, es a la enseñanza de Jesús y a su vida entre nosotros adonde remite el testimonio del Espíritu. La obra del Espíritu es entonces presentar la gloria que, desde pascua, refluye por anticipación sobre la vida terrena de Jesús.

 b) En relación con el mundo, el paráclito desempeña la función de acusador público, de fiscal (16, 5s). No se trata de una intervención exterior, como podría hacerlo un profeta, sino más bien de una iluminación interior en el corazón de los creyentes, para permitirles superar el escándalo de la persecución (16, 1s). El paráclito atestigua de este modo que el pecado capital del mundo es su incredulidad (por ejemplo: 1,10; 9,41). La marcha de Cristo por medio de la muerte es un regreso al Padre, que manifiesta que es el justo por excelencia (cf. Hch 3, 14; 7, 52). La elevación del hijo del hombre en la cruz significa el juicio y la derrota del príncipe de este mundo (12, 31; 16,33). Por su acción en el corazón de los creyentes, el Espíritu los convierte en vencedores (1 Jn 5, 4).

c) En la última frase sobre el paráclito, el verbo anaggelein aparece en tres ocasiones. Puede traducirse por repetir, comunicar. I. de la Potterie ha demostrado que es preferible el sentido de manifestar. Lo mismo que hay que poner de manifiesto el sentido de una visión apocalíptica, es también necesario manifestar el carácter decisivo, escatológico, de todo lo que Jesús dijo y realizó. Por tanto, no se trata aquí de una profecía del porvenir, como puede encontrarse en el Apocalipsis, sino de una manifestación de todas las riquezas de Jesucristo. En este sentido es como el Espíritu recibe de lo de Jesús para comunicárselo a los discípulos".

Fuente: Edouard COTHENET, en Cuadernos bíblicos nº 52

  

No olvidemos que por la Santísima Virgen María, vamos a Jesús. y Jesús nos lleva al Padre.

María, Reina de la Paz. Ruega por nosotros y por la Paz del mundo.

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