ORDO - CALENDARIO LITÚRGICO

Domingo de Pascua - Marzo 27 de 2016

“Él debía resucitar de entre los muertos”

(Jn. 20, 9b)

 "He aquí el cordero que quita el pecado del mundo".

(San Juan 1, 29)

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. 

     El texto es desde el principio del Evangelio, hablado por Juan cuando el bautista va a nuestro Señor que se le acercaba. Hoy, por su puesto, se puede leer desde el otro extremo del Evangelio, mucho tiempo después de la muerte de Juan el Bautista. En mi texto, el Bautista nos pide "He aquí" - miremos con cuidado - "he aquí el cordero de Dios". Un cordero en el marco de la estación de la Pascua es un animal de sacrificio. Por lo tanto, "He aquí" mira con cuidado, en un cordero. Y no cualquier de los muchos corderos de la Pascua, pero es, "el cordero de Dios".

¡Dejémonos encontrar por Jesús Resucitado!".

     Cristo,  "está vivo y es verdadero, está siempre presente en medio de nosotros, camina con nosotros para guiar nuestra vida, para abrir nuestros ojos. Tengamos confianza en el Resucitado que tiene el poder de dar la vida, de hacernos renacer como hijos de Dios, capaces de creer y amar"… la fe en el Señor Resucitado "transforma nuestra vida: la libera del miedo, la da firme esperanza, la anima por aquello que da pleno sentido a la existencia, el amor de Dios".

     Las celebraciones de Pascua, "nuestro encuentro está colmado de alegría espiritual, que brota de la certeza que Cristo, con su muerte y resurrección, ha triunfado definitivamente sobre el pecado y la muerte". Así como los 11 discípulos en el Cenáculo y los peregrinos de Emaús, "también el Resucitado entra en nuestra casa y en nuestro corazón, aunque en ocasiones las puertas estén cerradas. Entra ofreciendo alegría y paz, vida y esperanza, dones que necesitamos para nuestro renacer humano y espiritual".

     "Dejemos que Jesús resucitado venga a nuestro encuentro. Él vive y está siempre presente, camina con nosotros para guiar nuestra vida. A Él lo encontramos en dos ‘lugares’ privilegiados, profundamente unidos entre sí: “la Palabra y la Eucaristía”. "Esta novedad de vida que no muere, inaugurada por la Pascua, ha de ser anunciada para que la espina del pecado que hiere el corazón del hombre deje su lugar a la gracia que germina: El Maestro ha resucitado y con Él toda la vida resurge".

     La invitación es para que en cada bautizado,  "resuene en nuestros corazones el anuncio glorioso de la victoria de Cristo sobre la muerte, para descubrir con alegría las fuentes de la fe y la esperanza". Cuando Jesús Resucitado se muestra a los discípulos, enseña sus heridas, "signo de lo que ha sucedido y que nunca más se borrará: su humanidad gloriosa permanecerá 'herida'. Este gesto tiene la finalidad de confirmar la nueva realidad de la Resurrección: el Cristo que está ahora ante los suyos es una persona real, el mismo Jesús que tres días antes fue clavado en la cruz". "Y es así que, en la luz refulgente de la Pascua, en el encuentro con el Resucitado, los discípulos comprenden el sentido salvífico de su Pasión y muerte. Entonces, pasan de la tristeza y el miedo a la alegría plena".

     Jesús saluda diciendo "La paz esté con vosotros". No se trata solamente de un saludo, explicó el Papa, sino "del don que el Resucitado hace a sus amigos; y es, al mismo tiempo, una misión: esta paz, comprada por Cristo con su sangre, es para ellos y para todos, y los discípulos deberán llevarla a todo el mundo. (…) Jesús ha completado su tarea en el mundo, ahora les toca a ellos sembrar la fe en los corazones".

      Pero el Señor sabe que los suyos aún sienten temor, "por eso, sopla sobre ellos y los regenera en su Espíritu; este gesto es el signo de la nueva creación. Con el don del Espíritu Santo que proviene de Cristo resucitado, comienza de hecho un mundo nuevo". (Cfr. Obispo Emérito de Roma Benedicto XVI) 

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