ORDO - CALENDARIO LITÚRGICO

Domingo VII después de Trinidad - Julio 10 de 2016

"Jesús, tomo los siete panes, dio gracias, los partió y

se los entregó a sus discípulos para que los repartieran. 

Y los repartieron a la gente."

 (Mc. 8, 6b)

Santos Padres: San Agustín - La multiplicación de los panes

     "1. Los milagros que realizó nuestro Señor Jesucristo son, en verdad, obras divinas, que convidan a la mente humana a elevarse a la inteligencia de Dios por el espectáculo de las cosas visibles. Dios no es una sustancia tal, que con los ojos se pueda ver; y los milagros con los que rige el mundo y gobierna toda criatura han perdido su valor por su asiduidad, hasta el punto que casi nadie mira con atención las maravillosas y estupendas obras de Dios en un grano de una semilla cualquiera; y por eso se reservó en su misericordia algunas para realizarlas en tiempo oportuno, fuera del curso habitual y leyes de la naturaleza, con el fin de que viendo, no obras mayores, sino nuevas, asombrasen a quienes no impresionan ya las obras de todos los días. Porque mayor milagro es el gobierno del mundo que la acción de saciar a cinco mil hombres con cinco panes. Sin embargo, en aquél nadie se fija ni nadie lo admira; en ésta, en cambio, se fijan todos con admiración, no porque sea mayor, sino porque es rara, porque es nueva. ¿Quién es el que alimenta ahora también al mundo entero sino el mismo que hace que de pocos granos broten mieses abundantes? Obró, pues, como Dios. Porque lo que hace que de pocos granos se produzcan abundantes mieses, es lo que multiplica en manos de Cristo los cinco panes. El poder en las manos de Cristo existía; aquellos cinco panes eran como semillas, no sembradas en la tierra, sino multiplicadas por el mismo que hizo la tierra. Esto es lo que se hace presente a los sentidos para levantar nuestro espíritu y se muestra a los ojos para ejercicio de nuestra inteligencia, con el fin de admirar así al invisible Dios por el espectáculo de las obras visibles; y así elevados hasta la fe y purificados por la misma fe, lleguemos a desear ver invisiblemente al mismo Invisible, que ya conocíamos por las cosas visibles.

     2. No basta, sin embargo, contemplar sólo esto en los milagros de Cristo. Preguntemos a los milagros mismos qué es lo que nos dicen de Cristo, ya que también tienen su lenguaje, pero es con tal de que se entienda; pues como el mismo Cristo es la palabra de Dios, así también los hechos del Verbo son palabras para nosotros. Luego, así como hemos oído la grandeza de este milagro, investiguemos también su gran profundidad. No nos contentemos con la delectación meramente superficial; profundicemos su perfecta sublimidad. Eso mismo que de fuera causa nuestra admiración, encierra allá adentro algo. Hemos visto, hemos con-templado algo grande, algo excelso, algo que es enteramente divino y que sólo Dios lo puede realizar; y por la obra hemos prorrumpido en alabanzas de su Hacedor. Pero así como, si viéramos en un códice letras hermosamente hechas, no nos satisfaría la sola alabanza de la perfección de la mano del escritor que tan parecidas e iguales y hermosas las hizo si no llegamos por la lectura a entender lo que en ellas nos quiso decir, lo mismo sucede aquí: quienes sólo miran este hecho por fuera, les deleita su belleza hasta llegar a la admiración del artífice; más el que lo entiende es como el que lee. Una pintura se ve de manera distinta que una escritura. Así, cuando ves una pintura, ya lo has visto todo, ya lo has alabado todo; en cambio, cuando ves una escritura, no es el todo verla; la misma escritura te está urgiendo a que la leas. También tú mismo, cuando ves una escritura y tal vez no sabes leerla, te expresas así: ¿Qué habrá escrito aquí? Preguntas por lo que está escrito, siendo así que la escritura ya la ves. Otra cosa muy distinta te va a mostrar aquel a quien tú pides la explicación de lo que has visto. Aquél tiene unos ojos y tú tienes otros. ¿No veis, acaso, los dos igualmente la escritura? Sí, pero no conocéis igualmente los signos. Tú, pues, ves y alabas; el otro ve y alaba, lee y entiende. Puesto que lo hemos visto y lo hemos alabado, leámoslo y entendámoslo.

     3. El Señor sobre la montaña. Vemos mucho más, ya que el Señor sobre la montaña es el Verbo en las alturas. Por eso, lo que en la montaña se realizó no es un hecho oscuro y despreciable ni se debe pasar sobre él de ligero, sino que se debe mirar con toda atención. Vio las turbas y se dio cuenta de que tenían hambre, y misericordiosamente les dio de comer hasta hartarlas, no sólo con su bondad, sino también con su poder. ¿De qué sirve la bondad sólo, cuando falta el pan con que alimentar a la hambrienta turba? La bondad sin el poder hubiera dejado en ayunas y hambrienta a aquella gran multitud. Finalmente, los discípulos que estaban con el Señor se dieron cuenta también del hambre de las turbas y querían alimentarlas para que no desfalleciesen; pero no tenían con qué. El Señor pregunta dónde se podría comprar pan para dar de comer a las turbas. Y la Escritura dice: Hablaba así para probarle. Se refiere al discípulo Felipe, a quien había hecho la pregunta. Porque Él sabía bien lo que iba a hacer. ¿Qué bien intentaba con la prueba sino mostrar la ignorancia del discípulo? Y tal vez también quiso significar algo con la revelación de la ignorancia del discípulo. Entonces aparecerá, cuando comience a revelarnos el misterio mismo de los cinco panes e indicarnos su significación. Allí se verá por qué el Señor quiso mostrar en este hecho la ignorancia del discípulo preguntando lo que El tan bien sabía. A veces se pregunta lo que no se sabe con la intención de oírlo, para saberlo, y otras veces se pregunta lo que se sabe con la intención de saber si lo sabe aquel a quien se hace la pregunta. El Señor sabía estas dos cosas: sabía lo que preguntaba, porque sabía bien lo que iba a hacer, y sabía igualmente que Felipe no lo sabía. ¿Por qué le pregunta sino para poner al descubierto su ignorancia? Ya se sabrá después, como he dicho, por qué obró así.

     4. Díjole Andrés: Hay aquí un muchacho que tiene cinco panes y dos peces; pero ¿qué es esto para tantos? Cuando a la pregunta del Señor contesta Felipe que doscientos denarios no son suficientes para la refección de tanta gente, había allí un muchacho que llevaba cinco panes de cebada y dos peces. Y díceles Jesús: Ordenad que la gente se siente. Había allí mucha hierba, y se sentaron como cinco mil hombres. Toma el Señor Jesús los panes y da gracias, y ordena que se dividan los panes, puestos en presencia de los allí sentados. No eran ya cinco panes, sino lo que había añadido el que hizo la multiplicación. Y de los peces les dio cuanto querían. Es poco decir que sació a aquella turba; quedaron, además, muchos fragmentos, que mandó recoger para que no se perdieran. Con los fragmentos llenaron doce canastos.

     5. Voy a abreviar para ir de prisa. Los cinco panes significan los cinco libros de Moisés. Con razón no son panes de trigo, sino de cebada, ya que son libros del Antiguo Testamento. Sabéis que la cebada es de tal naturaleza, que difícilmente se llega a su medula. Está recubierta la médula misma de una envoltura de paja tan tenaz y tan adherida, que con dificultad se separa. Así está la letra del Antiguo Testamento; está cubierta con la envoltura de misterios carnales; pero, si se logra llegar hasta su medula, alimenta y sacia. Llevaba, pues, un muchacho cinco panes y dos peces. Si queremos saber cuál es este muchacho, tal vez es el pueblo de Israel. Los llevaba como un niño y sin comer de ellos. Esas cosas que llevaba encerradas pesaban, y abiertas nutrían. Los dos peces me parece que significan aquellos dos sublimes personajes del Antiguo Testamento que eran ungidos para santificar y regir al pueblo: el sacerdote y el rey. Y, por fin, llega en el misterio el mismo que estos personajes significaban; llega, por fin, el que se mostraba por la médula de la cebada y que se ocultaba por las pajas de la misma. Llega El solo, reuniendo en sí mismo a ambos personajes, sacerdote y rey: sacerdote, porque se ofreció a sí mismo a Dios por nosotros; y rey, porque Él es quien nos rige. Y así queda abierto lo que llevaba cerrado. Gracias a Él, que cumple por sí mismo lo que prometió por el Antiguo Testamento. Y mandó que se dividiesen los panes, y al hacer la división se multiplican. Nada más verdadero. Pues estos cinco libros de Moisés, ¿cuántos libros no han producido al exponerlos, que es como partirlos, es decir, comentarlos? Más en aquella cebada estaba encubierta la ignorancia del pueblo, del que se dijo: Cuando se lee a Moisés, cubre un velo su corazón. En efecto, no se había quitado el velo todavía, porque no había venido Cristo; no se había todavía rasgado, pendiente Él en la cruz, el velo del templo. El pueblo, pues, ignoraba la ley, y por eso aquella prueba del Señor se ordenaba a hacer patente la ignorancia del discípulo.

     6. No hay circunstancia alguna inútil, todo tiene sentido; pero hace falta que haya quien lo entienda. Así, el número de las personas que fueron alimentadas significaba el pueblo bajo el dominio de la ley. ¿Por qué eran cinco mil sino porque estaban bajo el dominio de la ley, que está explícita en los cinco libros de Moisés? Por la misma razón se colocaban los enfermos bajo aquellos cinco pórticos y no se curaban. Más el que allí curó al enfermo es el mismo que alimentó aquí a las turbas con cinco panes. Ellas estaban sentadas sobre el heno. Es que entendían carnalmente y reposaban sobre carne: Toda carne es heno ¿Qué significan los fragmentos sino aquello que el pueblo no pudo co-mer? Hay que ver allí misterios de la inteligencia que la multitud no puede comprender. ¿Qué hay que hacer, pues, sino que esos misterios que la multitud no puede entender se confíen a aquellos que son capaces de enseñar a otros también, como eran los apóstoles? Por eso se llenaron doce canastos. Esto es un hecho maravilloso, por lo grande que es y además útil, porque es un hecho espiritual. Quienes lo presenciaron quedaron pasmados, y nosotros quedamos insensibles cuando los oímos. Se hizo para que ellos lo vieran y se escribió para que nosotros lo oigamos. Lo que ellos pudieron por los ojos, lo podemos nosotros por la fe. Vemos con el espíritu lo que no podemos con los ojos. Y somos a ellos preferidos, porque de nosotros se dijo: Bienaventurados los que no ven y creen. Y añado que tal vez hemos comprendido también lo que no comprendió aquella gente. Y verdaderamente hemos sido alimentados nosotros, porque hemos podido llegar hasta la médula del grano de cebada.

     

7. ¿Qué dice, finalmente, aquella gente que presenció el milagro? Aquella gente decía: Este es, sin duda, un profeta. Tal vez miraban a Cristo como profeta, porque estaban sentados sobre heno. Más Él era el Señor de los profetas, el inspirador y el santificador de los profetas, pero profeta también; porque se dijo también a Moisés: Levantaré entre ellos un profeta semejante a ti; semejante en la carne, pero no en la majestad. Claramente se explica y se lee en los Hechos de los Apóstoles que aquella promesa del Señor miraba a Cristo. El mismo Señor habla así de sí mismo: No existe profeta alguno sin honor sino en su patria. El Señor es profeta, el Señor es el Verbo de Dios, y no hay profeta que profetice sin el Verbo de Dios. Con los profetas está el Verbo de Dios, y profeta es también el Verbo de Dios. Los tiempos que nos han precedido merecieron profetas inspirados y llenos del Verbo de Dios; nosotros, en cambio, merecimos al profeta, que es el mismo Verbo de Dios. Como Cristo es profeta y Señor de los profetas, así también Cristo es ángel y Señor de los ángeles. El mismo es llamado ángel del gran consejo. ¿Qué dice, sin embargo, en otro lugar el profeta? Que ningún legado ni ángel, sino El mismo, vendría a salvarlos; es decir, que no enviaría legado ni ángel, sino que vendría El mismo. ¿Quién vendrá? El ángel mismo. No por un ángel, sino por El, que es ángel y también Señor de los ángeles. Ángel en latín es heraldo. Si Cristo no anunciara nada, no sería ángel; como, si no profetizara, tampoco sería profeta. Él nos excita a la fe, a la conquista de la vida eterna. El anuncia cosas presentes y predice cosas futuras. Él es ángel, porque anuncia cosas presentes, y profeta, porque predice las futuras. Es el Señor de los ángeles y de los profetas, porque el Verbo de Dios se hizo carne".

(SAN AGUSTÍN, Tratados sobre el Evangelio de San Juan (t. XIII), Tratado 24, 1-7, BAC Madrid 19682, 541-49)

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