ORDO - CALENDARIO LITÚRGICO

Domingo IV después de Trinidad - Junio 28 de 2015

     "La paja y la viga"

"El Evangelista San Lucas, presenta tres situaciones que ponen al descubierto los sentimientos arraigados en el corazón humano. (1) La ceguera, (2) la inferioridad del discípulo con respecto del maestro y (3) la mota y la viga en el ojo. El contexto de estas comparaciones es la creciente controversia con escribas y fariseos. Pero no sólo por parte de Jesús sino de la naciente comunidad cristiana.

     La ceguera mental y religiosa de los fariseos no sólo los afecta a ellos sino que también afecta a sus seguidores y al pueblo en general de quien se pretendían maestros y guías. Ellos están formando a otros como sus sucesores que llegarán a ser como ellos, aunque ahora sean inferiores. Pero también llama la atención sobre los falsos maestros que se infiltraban al interior de la comunidad para confundirla y desorientarla. Sólo quien tiene autoridad moral puede corregir al que está equivocado. La mejor manera de orientar y corregir a alguien es por medio del testimonio. 

     Leer el comentario del Evangelio por: San Agustín (354_430) obispo de Hipona, doctor de la Iglesia "La mota y la viga" (cf Mt 7,3) "¿Cómo dices a tu hermano: Deja que te saque la mota del ojo, si tienes una viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo y entonces podrás ver para sacar la mota del ojo de tu hermano." (Mt 7,3ss) Es decir: Sacúdete de encima el odio. Entonces podrás corregir a aquel que amas. El evangelio dice con razón "hipócrita". Reprender los vicios es propio de los hombres justos y buenos. Cuando lo hacen los malvados usurpan el papel de los buenos. Hacen pensar en los comediantes que esconden su identidad detrás de una máscara.

     Cuando estamos obligados a corregir o a reprender, prestemos atención escrupulosa a la siguiente pregunta: ¿No hemos caído nunca en esta falta? ¿Nos hemos curado de ella? Aún si nunca la hubiésemos cometido, acordémonos de que somos humanos y que hubiéramos podido caer en ella. Si, por el contrario, la hemos cometido en el pasado, acordémonos de nuestra fragilidad para que la benevolencia nos guíe en la corrección o la reprensión y no el odio. Independientemente de que el culpable se enmiende o no, _el resultado siempre es incierto,_ por lo menos podremos estar seguros de que nuestra mirada sobre él se ha mantenido pura. Pero, si en nuestra introspección descubrimos el mismo defecto que pretendemos reprender en el otro, en lugar de corregirlo, lloremos con el culpable. No le pidamos que nos obedezca, sino invitémosle a que nos acompañe en nuestro esfuerzo de corregirnos. 

     Indudablemente un ciego no puede guiar a otro ciego. No se puede dar a los demás algo que no poseemos. No podemos ayudar a alguien si no nos ayudamos primero a nosotros mismos. Sería injusto querer corregir al otro cuando primero no miro lo mal que estoy actuando frente a los demás. Lo ideal sería ser como nuestro Maestro Jesús, pero para eso tenemos que ir haciendo camino, ir madurando en nuestras vidas las deficiencias que tenemos como personas. Como discípulos, podemos alcanzar a ser como el Señor, pero nunca intentar ser más que Él. Pero para eso, tenemos que mirar cuál era el comportamiento de Jesús frente a las personas, cómo se expresaba en ciertas situaciones, cómo afrontaba las dificultades, entre otras cosas más. En este texto también se nos habla de quien quiera ayudar a sacar la paja que tiene el ojo de la otra persona, primero que se saque la viga que tiene en el propio. Es decir, no juzguemos a los demás sin primero revisar cómo está mi vida frente a Dios y los hermanos. Descubramos nuestros propios errores. Seamos, más bien, compasivos y misericordiosos, como el Padre lo es con todos nosotros, sus hijos". (Cfr. Padre Juan Alarcón Cámara S.J.)

     Hoy como cada nuevo día, la mejor experiencia de encuentro personal con Cristo debe de experimentar, el deseo de la presencia de Dios en nuestro corazón. Cada espacio de tiempo de nuestra vida se debe de constituir en una búsqueda constante por las cosas de Dios, empezando por el acercamiento a su Palabra, para que desde Ella, empecemos a conocer quien es la persona de Jesucristo. Pues como bien lo expresó San Jerónimo: "el desconocimiento de la Palabra de Dios, es el desconocimiento de la persona de Jesucristo". Solo nos queda unirnos a las palabras del salmista cuando expresó: "Refugio mío y fortaleza mía, eres tu Señor..." (In Psal. 91,2) No dejemos de desear al Amado, pues nuestro deseo ya se convierte en la  presencia de su ausencia, que debe de terminar al encontrarlo en lo más íntimo de nuestro corazón. Es hacer vida la experiencia de Agustín de Hipona, el Dr. de la Iglesia cuando expresó: 

"¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva,
tarde te amé! y tú estabas dentro de mí y yo afuera,
y así por de fuera te buscaba; y, deforme como era,
me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste.

Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo.
Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que,
si no estuviesen en ti, no existirían.

Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera;
brillante y resplandeciente, y curaste mi ceguera;
exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo;
gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti;
me tocaste, y deseo con ansia paz que procede de ti".

Agustín de Hipona
Las Confesiones

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