"Cristo ha resucitado. Aleluya, Aleluya"

VOLVER A GALILEA

     “Los evangelios han recogido el recuerdo de unas mujeres admirables que, al amanecer del sábado, se han acercado al sepulcro donde ha sido enterrado Jesús. No lo pueden olvidar. Le siguen amando más que a nadie. Mientras tanto, los varones han huido y permanecen tal vez  escondidos. El mensaje que escuchan al llegar es de una importancia excepcional. El evangelio de Mateo dice así: «Sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí. Ha resucitado, como dijo. Venid a ver el sitio donde yacía». Es un error buscar a Jesús en el mundo de la muerte. Está vivo para siempre. Nunca lo podremos encontrar donde la vida está muerta.

     No lo hemos de olvidar. Si queremos encontrar a Cristo resucitado, lleno de vida y fuerza creadora, no hemos de buscarlo en una religión muerta, reducida al cumplimiento externo de preceptos y ritos rutinarios, en una fe apagada que se sostiene en tópicos y fórmulas gastadas, vacías de amor vivo a Jesús. Entonces, ¿dónde lo podemos encontrar? Las mujeres reciben este encargo: «Id enseguida a decir a los discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”». ¿Por qué hay que volver a Galilea para ver al Resucitado? ¿Qué sentido profundo se encierra en esta invitación? ¿Qué se nos está diciendo a los cristianos de hoy?

     En Galilea se escuchó, por vez primera y en toda su pureza, la Buena Noticia de Dios y el proyecto humanizador del Padre. Si no volvemos a escucharlos hoy con corazón sencillo y abierto, nos alimentaremos de doctrinas venerables, pero no conoceremos la alegría del Evangelio de Jesús, capaz de «resucitar» nuestra fe. Además, a orillas del lago de Galilea se fue gestando la primera comunidad de Jesús. Sus seguidores viven junto a él una experiencia única. Su presencia lo llena todo. Él es el centro. Con él aprenden a vivir acogiendo, perdonando, curando la vida y despertando la confianza en el amor insondable de Dios. Si no ponemos cuanto antes a Jesús en el centro de nuestras comunidades, nunca experimentaremos su presencia en medio de nosotros.

     Si volvemos a Galilea, la «presencia invisible» de Jesús resucitado adquirirá rasgos humanos al leer los relatos evangélicos, y su «presencia silenciosa» recobrará voz concreta al escuchar sus palabras de aliento”. Tomado de: José Antonio Pagola

RESUCITADO POR DIOS

 
    " «¿Por qué?». Esa es también la pregunta que se hacen los seguidores de Jesús. «¿Por qué ha abandonado Dios a aquel hombre ejecutado injustamente por defender su causa?». Ellos lo han visto ir a la muerte en una actitud de obediencia y fidelidad total. ¿Cómo puede Dios desentenderse de él? Todavía tienen grabado en su corazón el recuerdo de la última cena. Han podido intuir en sus palabras y gestos de despedida lo inmenso de su bondad y de su amor. ¿Cómo puede un hombre así terminar en el sheol?

 

     ¿Va Dios a abandonar en el «país de la muerte» al que, lleno de su Espíritu, ha infundido salud y vida a tantos enfermos y desvalidos? ¿Va a yacer Jesús en el polvo para siempre, como una «sombra» en el «país de las tinieblas», él que había despertado tantas esperanzas en la gente? ¿No podrá ya vivir en comunión con Dios él que ha confiado totalmente en su bondad de Padre? ¿Cuándo y cómo se cumplirá aquel anhelo suyo de «beber vino nuevo» juntos en la fiesta final del reino? ¿Ha sido todo una ilusión ingenua de Jesús? Sin duda les apena la muerte de un hombre cuya bondad y grandeza de corazón han podido conocer de cerca, pero tarde o temprano este es el destino de todos los humanos. Lo que más les escandaliza es su ejecución tan brutal e injusta. ¿Dónde está Dios? ¿No va a reaccionar ante lo que han hecho con él? ¿No es el defensor de las víctimas inocentes? ¿Se ha equivocado Jesús al proclamar su justicia a favor de los crucificados?


¡Dios lo ha resucitado!

     

     Nunca podremos precisar el impacto de la ejecución de Jesús sobre sus seguidores. Solo sabemos que los discípulos huyeron a Galilea. ¿Por qué? ¿Se derrumbó su adhesión a Jesús? ¿Murió su fe cuando murió Jesús en la cruz? ¿O huyeron más bien a Galilea pensando simplemente en salvar su vida? Nada podemos decir con seguridad. Solo que la rápida ejecución de Jesús los hunde si no en una desesperanza total, sí en una crisis radical. Probablemente, más que hombres sin fe son ahora discípulos desolados que huyen del peligro, desconcertados ante lo ocurrido.

 

     Sin embargo, al poco tiempo sucede algo difícil de explicar. Estos hombres vuelven de nuevo a Jerusalén y se reúnen en nombre de Jesús, proclamando a todos que el profeta ajusticiado días antes por las autoridades del templo y los representantes del Imperio está vivo. ¿Qué ha ocurrido para que abandonen la seguridad de Galilea y se presenten de nuevo en Jerusalén, un lugar realmente peligroso donde pronto serán detenidos y perseguidos por los dirigentes religiosos? ¿Quién los ha arrancado de su cobardía y desconcierto? ¿Por qué hablan ahora con tanta audacia y convicción? ¿Por qué vuelven a reunirse en el nombre de aquel a quien han abandonado al verlo condenado a muerte? Ellos solo dan una respuesta:

 

     «Jesús está vivo. Dios lo ha resucitado». Su convicción es unánime e indestructible. La podemos verificar, pues aparece en todas las tradiciones y escritos que han llegado hasta nosotros. ¿Qué es lo que dicen?

 

    De diversas maneras y con lenguajes diferentes, todos confiesan lo mismo: «La muerte no ha podido con Jesús; el crucificado está vivo. Dios lo ha resucitado». Los seguidores de Jesús saben que están hablando de algo que supera a todos los humanos. Nadie sabe por experiencia qué sucede exactamente en la muerte, y menos aún qué le puede suceder a un muerto si es resucitado por Dios después de su muerte.

 

     Sin embargo, muy pronto logran condensar en fórmulas sencillas lo más esencial de su fe. Son fórmulas breves y muy estables, que circulan ya hacia los años 35 a 40 entre los cristianos de la primera generación. Las empleaban, seguramente, para transmitir su fe a los nuevos creyentes, para proclamar su alegría en las celebraciones y, tal vez, para reafirmarse en su adhesión a Cristo en los momentos de persecución. Esto es lo que confiesan: «Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos». No se ha quedado pasivo ante su ejecución. Ha intervenido para arrancarlo del poder de la muerte. La idea de resurrección la expresan con dos términos: «despertar» y «levantar» . Lo que sugieren estas dos metáforas es impresionante y grandioso. Dios ha bajado hasta el mismo sheol y se ha adentrado en el país de la muerte, donde todo es oscuridad, silencio y soledad. Allí yacen los muertos cubiertos de polvo, dormidos en el sueño de la muerte. De entre ellos, Dios «ha despertado» a Jesús, el crucificado, lo ha puesto de pie y lo «ha levantado» a la vida.

 

     Muy pronto aparecieron otras fórmulas en las que se confiesa que «Jesús ha muerto y ha resucitado». Ya no se habla de la intervención de Dios. La atención se desplaza ahora a Jesús. Es él quien se ha despertado y se ha levantado de la muerte, pero, en realidad, todo se debe a Dios. Si está despierto es porque Dios lo ha despertado, si está de pie es porque Dios lo ha levantado, si está lleno de vida es porque Dios le ha infundido la suya. En el origen siempre subyace la actuación amorosa de Dios, su Padre". Tomado de: José Antonio Pagola

 

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