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Domingo IV de Pascua - Mayo 14 de 2017

"Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad completa;

pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga,

y les anunciará lo que ha de venir".

     “[...] Bajo la acción del Espíritu Santo, todo es una gran riqueza, porque el Espíritu Santo es el Espíritu de unidad, que no significa uniformidad, sino reconducir todo a la armonía. En la Iglesia, la armonía la hace el Espíritu Santo. Un Padre de la Iglesia tiene una expresión que dice: el Espíritu Santo “ipse harmonia est”. Sólo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad. [...] Si nos dejamos guiar por el Espíritu, la riqueza, la variedad, la diversidad nunca provocan conflicto, porque Él nos impulsa a vivir la variedad en la comunión de la Iglesia.

     [...] Así, pues, preguntémonos: ¿Estoy abierto a la armonía del Espíritu Santo, superando todo exclusivismo? ¿Me dejo guiar por Él viviendo en la Iglesia y con la Iglesia? Los teólogos antiguos decían: el alma es una especie de barca de vela; el Espíritu Santo es el viento que sopla la vela para hacerla avanzar; la fuerza y el ímpetu del viento son los dones del Espíritu. Sin su fuerza, sin su gracia, no iríamos adelante. El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo, y nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica y de una Iglesia autorreferencial, cerrada en su recinto; nos impulsa a abrir las puertas para salir, para anunciar y dar testimonio de la bondad del Evangelio, para comunicar el gozo de la fe, del encuentro con Cristo.

     El Espíritu Santo es el alma de la misión. Lo que sucedió en Jerusalén hace casi dos mil años no es un hecho lejano, es algo que llega hasta nosotros, que cada uno de nosotros podemos experimentar.

      El Espíritu Santo es el don por excelencia de Cristo resucitado a sus Apóstoles, pero Él quiere que llegue a todos. Jesús, como hemos escuchado en el Evangelio, dice: «Yo le pediré al Padre que les envíe otro Paráclito, que esté siempre con ustedes» (Jn 14,16). Es el Espíritu Paráclito, el «Consolador», que da el valor para recorrer los caminos del mundo llevando el Evangelio.

      El Espíritu Santo nos muestra el horizonte y nos impulsa a las periferias existenciales para anunciar la vida de Jesucristo. Preguntémonos si tenemos la tendencia a cerrarnos en nosotros mismos, en nuestro grupo, o si dejamos que el Espíritu Santo nos conduzca a la misión”. (Cf. Obispo de Roma, 1 de mayo de 2013)

 Dialogando con Jesús

     Jesús mío, Señor mío, Tú llamas al Espíritu Santo el gran Consolador, porque Tú y el Padre nos lo han dejado para consolarnos en nuestras tribulaciones, para alentarnos y fortalecernos en tu amor en cada obra que en tu nombre realicemos. El Espíritu Santo es nuestro amigo, es un peregrino silencioso que acompaña y con su gracia nos hace vivir enfocados en tu palabra. Dame, Señor mío, sabiduría para poder siempre reconocerlo y agradecerle su presencia en mi vida, por todo lo bueno que me ha dado y por hacerme cumplir con los buenos propósitos. Como buen Consejero de mi alma me alienta a vivir unido a Ti y la misericordia del Padre. Como fuego esperanzador que aviva las llamas de mi Fe, restauró las gracias que con mis faltas había hecho que te separaras de mí. Quiero vivir de acuerdo a sus inspiraciones, atento a percibir su llamado y su dulce voz que me invita a socorrer a aquellos que aún no han sentido la dicha de conocerte. Quiero que me enseñe a amar, a ser un buen discípulo, a no esperar recompensas por hacer el bien y a amarte a Ti por sobre todas las cosas. Amén

María, reina de la Paz.

Ruega por Nosotros. 



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