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Domingo de Septuagésima - Febrero 12 de 2017

"Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros,

les dijo:

"¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?".

(Mt. 20,6)

     1. El padre de familia, Dios, invita al apostolado en su viña. El día de trabajo es la vida; el denario, el reino de los cielos. Llama la atención el hecho de que todos reciban "el mismo salario", aún los últimos. Es que el reino de los cielos no puede dividirse, y su participación es siempre un don libérrimo de la infinita misericordia de Dios (Luc. 8, 47; 15, 7).

     12. El peso del día: El que así habla es como el de la parábola de las minas que pensaba mal de su Señor y que por eso no pudo servirlo bien, porque no lo amaba (Luc. 19, 21 - 23). El yugo de Jesús es "excelente" (11, 30) y los mandamientos del Padre "no son pesados" (I Juan 5, 3), sino dados para nuestra felicidad (Jer. 7, 23) y como guías para nuestra seguridad (S. 24, 8). El cristiano que sabe estar en la verdad frente a la apariencia, mentira y falsía que reina en este mundo tiranizado por Satanás, no cambiaría su posición por todas las potestades de la tierra. Esta parábola de los obreros de la viña nos enseña, pues, a pensar bien de Dios (Sab. 1, 1). El obrero de la última hora pensó bien puesto que esperó mucho de Él (cf. Luc. 7, 47 y nota), y por eso recibió lo que esperaba (S. 32, 22). Esto que parecería alta mística, no es sino lo elemental de la fe, pues no puede construirse vínculo alguno de padre a hijo si éste empieza por considerarse peón y creer que su Padre le quiere explotar como a tal.

     15. Nótese el contraste entre el modo de pensar de Dios y el de los hombres. Estos sólo avaloran la duración del esfuerzo. Dios en cambio aprecia, más que todo, las disposiciones del corazón. De ahí que el pecador arrepentido encuentre siempre abierto el camino de la misericordia y del perdón en cualquier trance de su vida (Juan 5, 40; 6, 37).

     16. Así: es decir, queda explicado lo que anticipó en 19, 30. Sin duda la Parábola señalaba la vocación de nosotros los gentiles, no menos ventajosa por tardía. En ella el Corazón de Dios se valió también de las faltas de unos y otros para compadecerse de todos (Rom. 11, 30 - 36); y lo más asombroso aún es que igual cosa podamos aprovechar nosotros en la vida espiritual, para sacar ventajas de nuestras faltas que parecieran cerrarnos la puerta de la amistad con nuestro Padre. Véase (Luc. 7, 41 ss.; 15, 11 ss.; Rom. 8, 28; Col. 4, 5)

"No hay Cristo sin cruz"

San Juan de la Cruz



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