"¿Qué salisteis a ver en el desierto?" 

(Mt. 11, 7b)

      En este Evangelio, Jesús comenzó su ministerio en Galilea (4:12-17), llamó a los primeros discípulos (4:18-22), y ministró a las gentes (4:23-25), pero Mateo solo describe estos eventos brevemente. El Sermón en el Monte es lo que realmente presenta el ministerio de Jesús y delinea sus enseñanzas en detalle (capítulos 5-7). Los milagros (capítulos 8-9) constituyen una parte significante del próximo material. Estas dos partes significantes (sermón y milagros), preparan el camino para v. 4 de nuestra lección del Evangelio, en la que Jesús les dice a los discípulos de Juan que le digan “las cosas que oís y veis.”Lo que han oído es el Sermón en el Monte. Lo que han visto son milagros.

      Nuestra lección del Evangelio, vv. 2-11 enfatiza el poder curativo, salvador, y habilitador del ministerio de Jesús. Estas características sorprendieron a aquéllos que esperaban a un mesías que juzgaría por fuego. Sin embargo, este capítulo después pasa a un tono de juicio, incluyendo las lamentaciones de vv. 20-24. Más adelante, el capítulo termina en un tono más suave, “Venid á mí todos los que estáis trabajados y cargados” (vv. 28-30). En este Evangelio, particularmente, Jesús conforta a los afligidos y aflige a los que están cómodos.

 “El tono general de capítulos 11 y 12 es negativo…. Nos prepara para las parábolas de sentencia de capítulo 13” (Hare, 199-120).

 MATEO 11:2-3: ¿ERES TÚ AQUEL QUE HABÍA DE VENIR?

      2Y oyendo Juan en la prisión los hechos de Cristo, le envió dos de sus discípulos, 3Diciendo: ¿Eres tú aquél que había de venir, ó esperaremos á otro?

      “Y oyendo Juan en la prisión los hechos de Cristo” (v. 2). Mateo mencionó el arresto de Juan en 4:12, pero no ofreció ninguna explicación. En 14:1-12, nos contará la sórdida historia del matrimonio de Herodes con la esposa de su hermano, la crítica de Herodes por parte de Juan y su arresto subsiguiente, y el baile de la hija que termina en la decapitación de Juan. Joséfus nos dice que Juan está encarcelado en Macaerus, el fuerte de Herodes en el desierto al este del Mar Muerto.

      “¿Eres tú aquél que había de venir, ó esperaremos á otro?” (v. 3). Nos sorprende que Juan hiciera tal pregunta:

 • Lucas nos dice que aún antes de nacer Juan y Jesús, María visitó a Elisabet, la madre de Juan. “Como oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre.” Y Elisabet exclamó a gran voz, y dijo: “Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre” (Lucas 1:41-42).

 • Mateo nos dice que Juan predicó, “Aparejad el camino del Señor, enderezad sus veredas” (3:3).

 • Cuando Jesús se presentó ante Juan para ser bautizado, Juan protestó, “Yo he menester ser bautizado de ti, ¿y tú vienes a mí?” (3:14).

 • Después del bautizo, se abrieron los cielos, descendió el Espíritu de Dios como una paloma, y una voz de los cielos clamó, “Este es mi Hijo amado, en el cual tengo contentamiento” (3:17). ¿Cómo puede Juan preguntar si Jesús es el que ha de venir?

      La razón por la pregunta de Juan se encuentra en sus expectativas mesiánicas. Urge a la gente que se arrepienta (3:2), porque “ya también la segur está puesta á la raíz de los árboles; y todo árbol que no hace buen fruto, es cortado y echado en el fuego” (3:10). Avisó que el que viniera bautizaría con el Espíritu Santo y con fuego. “Su aventador en su mano está, y aventará su era: y allegará su trigo en el alfolí, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará” (3:12). Claramente, Juan esperaba a un mesías de fuego y azufre.

      Jesús no cumple con esa imagen. Ha pronunciado bendiciones sobre los pobres de espíritu, los tímidos, y los que hacen la paz (5:1-11). Ha pedido a sus discípulos que amen a sus enemigos (5:42-48). Les ha avisado que no juzguen a los demás (7:1-5). Estas enseñanzas parecen débiles en comparación con las acciones de fuego y azufre anticipadas en la predicación de Juan.

      Además, Jesús se alejó de Jerusalén, el hogar del templo y centro de autoridad religiosa, y empezó su ministerio en Galilea (4:12).

      Después, en capítulos 8-9, Jesús ministró a la gente con una serie de curaciones – lo que Bruner llama un “ministerio ambulante” – de consecuencia para los curados, por supuesto, pero apenas significante para la nación entera. Siglos han pasado desde que Israel oyera una voz profética (además de la de Juan). El pueblo busca una voz de autoridad – un fuego que purgue la escoria – un líder poderoso que restaure Israel a su gloria pasada – un mesías que restaure el pueblo de Dios. Juan sigue observando a Jesús esperando ver fuegos artificiales pero, hasta ahora, ha sido decepcionado.

      Tenemos el mismo problema en la iglesia hoy. La iglesia sigue con su día a día, predicando por la mayor parte a los ya convertidos, mandando algunos dólares a víctimas de desastres, ayudando a alguna familia en momentos de sufrimiento, y enseñando a los niños cuentos de la Biblia. ¡No parece mucho! ¿No debería la iglesia sacudir los cimientos? ¿No debería parecerse más un constructor a cargo de renovación urbana, derrumbando y reconstruyendo – y parecerse menos a un hombre diestro, arreglando goteras?

      El encarcelamiento de Juan nos trae otra pregunta. Si Dios escogió a Juan para preparar el camino del que ha de venir, ¿qué hace encarcelado? Si Jesús es el que ha de venir, ¿por qué no trae fuego del cielo sobre los opresores de Juan? ¿Por qué no abre un terremoto las puertas de la prisión, como ocurrirá más tarde para Pablo y Silas (Hechos 16)? ¿Por qué permite Dios que su profeta pase días largos y solitarios, sentado en una prisión?

      Tenemos las mismas preguntas hoy. ¿Por qué permite Dios que los justos sufran? ¿Por qué no responde Dios a nuestras súplicas de sanar? Si pagamos el diezmo a la iglesia, ¿por qué Dios no nos recompensa con riquezas? Si asistimos a la iglesia con regularidad, ¿por qué Dios no nos encuentra un trabajo – una esposa o esposo – o lo que sea?

       Pero debemos admirar a Juan. Tiene un problema con Jesús, entonces, se dirige a él de la manera más directa que pueda dado su encarcelamiento. ¡No critica por la espalda! Juan manda a sus discípulos a preguntarle a Jesús si él es el que ha de venir o si deben esperar a otro. Juan tiene dudas, pero, quiere saber lo que dirá Jesús – está dispuesto a escucharle a Jesús decir que él es, por cierto, ¡el que esperan!

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