"¡Jesús, Hijo de David, apiádate de mí!"

(Lc. 18, 39b)

      El ciego reconoce por su fe que Jesús es portador de la salvación, que, en Él, Dios está actuando, y que por lo mismo lo puede curar. El ciego posee los ojos de la fe, los ojos de la confianza ilimitada en la misión liberadora de Jesús, la cual sana, regenera y vincula nuevamente a la vida a todos los que sufren el dolor y la exclusión, capacitándolos para el seguimiento y la construcción del reino de Dios. El ciego se convierte así en modelo de discípulo que, superando su ceguera, sigue a Jesús en forma incondicional. ¿Es verdaderamente firme nuestra fe como para seguir con fidelidad el proyecto de Jesús sin importar sus consecuencias? (Cfr. Padre Juan Alarcón Cámara S.J.)

     La curación del ciego es más que un milagro. Es la manera como Jesús introduce en la comunidad a una persona que había sido relegada por el hecho de su enfermedad. Es una práctica que invita a incluir en lugar de excluir; a acoger en lugar de despedir. Nosotros excluimos a muchos hermanos por distintos motivos. El evangelio nos invita a ser capaces de crear nuevos espacios donde todos, a pesar de las diferencia, tengamos cabida. Las obras de Jesús suscitan las alabanzas de Dios. El ciego sigue a Jesús glorificando a Dios. Gracias a él, el pueblo entero da gracias a Dios. El ciego, con su fe, reúne una nueva comunidad cultual. La imagen de la Iglesia se hace visible. A la elevación de Jesús sigue la alabanza de Dios por su Iglesia naciente.

     (Lc. 18,40-41): La reacción de Jesús ante el grito del ciego. Y Jesús ¿qué hace? “Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran”. Los que querían acallar el grito del pobre, ahora, a petición de Jesús, se ven obligados a ayudar al pobre a que llegue hasta Jesús. El evangelio de Marcos añade que el ciego dejó todo y se fue hasta Jesús. No tenía mucho. Apenas un manto. Pero era lo que tenía para cubrir su cuerpo (cf. Es 22,­ 25-26). Era su seguridad, ¡su tierra firme! Hoy también Jesús escucha el grito de los pobres que a veces nosotros no queremos escuchar. Cuando se acercó, le preguntó: “¿Qué quieres que te haga?” No basta gritar. ¡Hay que saber por qué se grita! Él dijo: “¡Señor, que vea!”.

     (Lc. 18,42-43): “Recobra tu vista.” Jesús dice: "Recobra tu vista Tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista y le seguía glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al verlo, alabó a Dios”. El ciego había invocado a Jesús con ideas no totalmente correctas, pues el título de “Hijo de David” no era muy exacto. Pero él tiene más fe en Jesús que en sus ideas sobre Jesús. Dio en el blanco. No expresa exigencias como Pedro (Mc 8,32-33). Sabe entregar su vida aceptando a Jesús sin imponer condiciones. La curación es el fruto de su fe en Jesús. Curado, sigue a Jesús y sube con él a Jerusalén. De este modo, se vuelve discípulo, modelo para todos nosotros que queremos “seguir a Jesús por el camino” hacia Jerusalén: creer más en Jesús que en nuestras ideas sobre Jesús. En esta decisión de caminar con Jesús está la fuente de valor y la semilla de la victoria sobre la cruz. Pues la cruz no es una fatalidad, ni una exigencia de Dios. Es la consecuencia del compromiso de Jesús, en obediencia al Padre, de servir a los hermanos y no aceptar privilegios.

     La fe es una fuerza que transforma a las personas. La Buena Nueva del Reino estaba escondida entre la gente, escondida como el fuego bajo las cenizas de las observancias sin vida. Jesús sopla sobre las cenizas y el fuego se enciende, el Reino aparece y la gente se alegra. La condición es siempre la misma: creer en Jesús. La curación del ciego aclara un aspecto muy importante de nuestra fe. A pesar de invocar a Jesús con ideas no del todo correctas, el ciego tuvo fe y fue curado. Se convirtió, lo dejó todo y siguió a Jesús por el camino del Calvario. La comprensión total del seguimiento de Jesús no se obtiene por la instrucción teórica, sino por el compromiso práctico, caminando con él por el camino del servicio, desde Galilea hasta Jerusalén. Aquel que insiste en mantener la idea de Pedro, esto es, del Mesías glorioso sin la cruz, no va a entender nada de Jesús y no llegará nunca a tomar la actitud del verdadero discípulo. Aquel que sabe creer en Jesús y se entrega (Lc. 9,23-24), que acepta ser el último (Lc. 22,26), beber el cáliz y cargar con su cruz (Mt 20,22; Mc 10,38), éste, al igual que el ciego, aun teniendo las ideas no enteramente justas, “seguirá a Jesús por el camino” (Lc. 18,43). En esta certeza de caminar con Jesús está la fuente de la audacia y la semilla de la victoria sobre la cruz.

Para la reflexión personal 

• ¿Cómo veo y siento el grito de los pobres, migrantes, afrodescendientes, enfermos de SIDA, habitantes de calle, refugiados, desaparecidos, y tantos otros…?

• ¿Cómo es mi fe: me fijo más en las ideas sobre Jesús o en Jesús?

 

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