“1 El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. El me envió a llevar la buena noticia a los pobres,..."

(Is. 61, 1a)

     El texto del Evangelio del día de hoy, no se comprende en su totalidad si lo sacamos del contexto en el cual ha escrito el evangelista San Mateo; de aquí que se retome algunos versículos anteriores. V. 14 Unas ocho o diez jornadas de camino a través del desierto separan Egipto de Palestina. San José es modelo de la virtud de la obediencia. Sin proferir excusas, tan obvias en tal trance, abandona al instante el país natal y acata en todo la santa voluntad de Dios, que para él había reservado las tareas más penosas. A su obediencia y humildad corresponde su gloria y poder en el cielo. V. 15. Véase Oseas 11, 1 “Cuando Israel era niño, yo le amaba, y de Egipto llamé a mi hijo”. y nota explicativa.

     V. 22. El Patriarca José es un envidiable prototipo de las almas interiores, habiéndose formado él mismo en la escuela de Jesús y de María. Su vida fue una vida de silencio y trabajo manual. En el taller de Nazaret, este varón justo, como lo llama el Espíritu Santo (Mt. 1, 19), nos da ejemplo de una santa laboriosidad, en unión con el divino Modelo, en cuyo nombre S. Pablo nos recomienda a todos sin excepción el trabajo manual (I Tes. 4, 11). “Y a que con todo empeño se afanen en vivir pacíficamente, ocupándose en quehaceres y trabajando con sus propias manos, como se les ha recomendado”.

      V. 23. Nazaret: pequeña población de Galilea, donde nadie buscaba al Mesías. Véase v. 15; Luc. 1, 26; 2, 39; Juan 1, 46; 8, 52; Nazareno, esto es, Nazareo o consagrado a Dios (Deut. 23, 16 y nota) y también Pimpollo (Is. 11, 1; 53, 2).

       En el relato de Mateo, el protagonista de la experiencia del anuncio a José que, visitado en sueños por el ángel, es tranquilizado y encargado de asumir la paternidad vicaria de Jesús.  José se encuentra frente a una difícil situación que comprender: su futura esposa, María de Nazaret, «antes de que fueran a vivir juntos se encontraba en cinta por obra del Espíritu Santo» (Mt 1,18). Pero aquí es que este hombre justo responde generosamente a la llamada de Dios y cumple un acto de fe similar al de la Virgen.

      (El Obispo de Roma Juan Pablo II), en la Exhortación Apostólica dedicada a la figura, tan amada, de San José, afirma: «La Escritura sabe que Jesús no ha nacido de José, ya que él, preocupado sobre el origen del embarazo de ella dijo: vino del Espíritu Santo. Y no obstante no se le quita autoridad paterna, desde el momento en que se le ordena imponer el nombre al niño » (Juan Pablo II, “Redemptoris Custos”, N° 7).

      Y aún, en la misma Exhortación, se lee: «En el transcurso de su vida, que fue una peregrinación en la fe, José, al igual que María, permaneció fiel hasta la llamada de Dios. Su vida fue el cumplimiento a fondo del primer «fiat» pronunciado al momento de la Anunciación, mientras que José al momento de su “Anunciación” no pronunció palabra alguna: simplemente el «hizo lo que le ordenó el ángel del Señor” (Mt 1,24). En el verbo “hizo” podemos leer el inicio del “camino” recorrido por José. A lo largo de este camino, los Evangelios no comentan palabra alguna pronunciada por él. Pero el silencio de José tiene una especial elocuencia: gracias a ello se puede leer plenamente la verdad en el criterio que el Evangelio ofrece sobre él: el “justo” (Mt 1,19)» (Obispo de Roma Juan Pablo II, “Redemptoris Custos”, n°17).

Reflexión

     Un buen hogar siempre estará donde el camino esté lleno de paciencia, donde la almohada esté llena de secretos y el perdón esté lleno de rosas. Estará donde el puente se halle tendido para pasar, donde las caras estén dispuestas para sonreír, las mentes activas para pensar y las voluntades deseosas para servir.

      Un buen hogar siempre estará donde los besos tengan vuelo, y los pasos mucha seguridad; donde los tropiezos tengan cordura, y los detalles significación; donde abunde la ternura y el respeto en el trato diario; donde el deber sea gustoso, la armonía contagiosa y dulce la paz.

     Un buen hogar siempre estará donde el crecimiento sea por el mismo tronco y el fruto por la misma raíz; donde la navegación sea por la misma orilla y hacia el mismo puerto; donde la autoridad se haga sentir y, sin miedos ni amenazas, llene la función de encauzar, dirigir y proteger; donde los abuelos sean reverenciados, los padres obedecidos y los hijos vigilados.

     Un buen hogar siempre estará donde el fracaso y el éxito sean de todos; donde disentir sea intercambiar y no guerrear; donde la formación junte los eslabones y la oración forme la cadena; donde las pajas se pongan con el alma y los hijos se calienten con amor; donde el vivir esté lleno de sol y el sufrir esté lleno de fe.

      Un buen hogar siempre estará en el ambiente donde naciste, en el huerto donde creciste, en el molde donde te configuraste y el taller donde te puliste. Y muchas veces será el punto de referencia y la credencial para conocerte, porque el hogar esculpe el carácter, imprime rasgos, deja señales, marca huellas indelebles. Con buenos hogares se podría salvar al mundo, porque ellos tocan a fondo la conducta de los hombres, la felicidad de los pueblos y la raíz de la vida.

      Aunque hay excepciones, ese hogar primero, ese “hogar tronco”, nunca se pierde: ¡te lo llevas en el alma! Nunca se oscurece; queda en las luces que te alumbran el camino. Y nunca se lo lleva el viento; queda prendido en tu raíz. De ese hogar salen las grandes alas que te permiten volar y hacerte águila. Del hogar salen los principios fuertes que enmarcan tu figura para hacerte gigante. Del hogar sale esa fuerza de la fe que resplandece para hacerte estrella. ¡De ahí salen obras maestras! Porque ahí se gestan los grandes valores del mundo, ahí se incuban las almas de resistencia, de temple y de fe. De ahí salen los grandes conductores de la humanidad, ¡y los grandes seguidores de Cristo! El hogar, hoy en día, es una prioridad, pues, como la buena tierra, ¡da lo que le siembran!

      ¿Cómo te imaginas tú a aquella familia de Nazaret, compuesta por Jesús, María y José? ¡Qué almas tan exquisitas, de tanta elevación humana y moral, y tan santas! Aun en medio de la sencillez de lo ordinario, su vida estaría, sin duda, permeada de fe, de dulzura, de amor, de comprensión, de obediencia, de servicio y de oración. ¡De verdad que sería un verdadero paraíso en la tierra!....

      El Evangelio de hoy se complace en presentarnos reiteradamente la obediencia y la disponibilidad de José a la voluntad de Dios, expresada a través del mensaje del ángel. José, como padre y esposo, era también el guardián y protector de la Virgen Madre y del Niño Jesús. ¡Qué inmensos tesoros quiso confiar Dios a la humildad y a la sencillez de este gran hombre! Y por ello supo ser también digna cabeza de esta Sagrada Familia.

Todos los padres y esposos cristianos deberían esforzarse sinceramente por imitar a este “varón justo” (Mt. 1,19) –como llama el Evangelio, sencillamente, San José—. Y entonces, estoy seguro, su autoridad sería mucho más dulce y llevadera, y sus familias más hermosas, más piadosas, más serenas y risueñas. Se conocen muchos hogares así, por fortuna, y son una auténtica bendición de Dios para toda la humanidad. En la Persona de San José, aprendamos a escuchar la voz de Dios, que nos guía y conduce a la Gracia de la experiencia del encuentro personal con Cristo en la Eucaristía, acompañados de su Santísima Madre, la siempre Virgen Santa María por quien se vive.

"Cuando José despertó del sueño, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor..."

(Mt. 1. 24)

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