"La vida cristiana es “sequela Christi”

–seguimiento de Cristo-".

     El cristiano que ha entendido esto, hace suya la experiencia del apóstol san Pablo: “Afligidos en todo, pero no agobiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos; llevando siempre en el cuerpo por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo.” 2Cor 4, 8-10

    Fijémonos ahora en ese ciego del camino que es curado por Jesucristo.

     Ese ciego es imagen de los discípulos que no comprendieron las palabras de Jesús sobre su destino. Ceguera de los discípulos que llegará hasta la traición por parte de Judas. Ceguera de los discípulos que llegará a la triple negación de Pedro mientras Jesús estaba siendo juzgado injustamente. Ceguera de los demás discípulos que por el miedo huyeron y abandonaron a aquel que es el camino, la verdad  y la vida. Será tras la resurrección con el don del Espíritu Santo en Pentecostés cuando esos discípulos reciban nuevamente la vista: unos nuevos ojos alumbrados por la fe para reconocer a Cristo como el Hijo de David que ha muerto para tener compasión de nosotros.

     Ese ciego también es imagen del hombre de hoy y de nosotros mismos. Ciegos para reconocer la huella del Creador y su presencia en el mundo. Ciegos para ver el amor de Cristo manifestado en la cruz. Ciegos para ver en la Iglesia el medio querido por Jesús para darnos la salvación. Ciegos también nosotros, queridos hermanos, para descubrir la presencia de Dios y su voluntad sobre todo cuando pasa por medio de la prueba, el sufrimiento, la dificultad o la enfermedad.

     Aquel ciego del camino era consciente de su ceguera. Y al oír a la muchedumbre y saber que aquel alboroto era porque pasaba Jesús Nazareno supo rápidamente acudir a Aquel que podía curarlo: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí.” “Señor, que recobre la vista.”   El drama es que muchos de nuestro contemporáneos son ciegos y creen que tiene vista. Nuestro propio drama puede también ser que estando ciegos, pensemos que tenemos una vista de lince.

     La Cuaresma que vamos a comenzar ha de ayudarnos a entrar en nosotros mismos, a ver nuestra vida delante de Dios, a considerar como está nuestra visión. La oración del ciego ha de ser también la nuestra: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí”, “Señor, que recobre la vista,”; y no lo hemos de pedir tan solo para nosotros sino también para nuestros hermanos. Así, como aquel ciego podremos ver con nuevos ojos, podremos seguir a Jesús y lo glorificaremos debidamente. Así, también como el único discípulo que permaneció al pie de la Cruz mientras Jesús entregaba su vida podremos decir también nosotros al recibir la gracia y la misericordia que brotan del costado abierto del Salvador: “El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis.” Jn 19, 35

 

     “Hermanos, no os maravilléis si el mundo os odia.”

(1 Jn 3, 13)

Exhorta el apóstol san Juan a los cristianos. No os maravilléis si el mundo os odia, porque a quien odian es a Jesucristo porque “él da testimonio de que sus acciones son malas.” (Cfr. Jn 7, 7) Sólo reconociendo a Dios, creador y señor de todas las cosas, es como el mundo y cada hombre en particular encuentran el sentido de su existencia, la plenitud que ansían". Recuperado de: http://misagregorianatoledo.blogspot.com/2016/02/senor-que-vea-homilia-de-quicuagesima.html

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