"Venid, que ya está todo preparado." 

(Lc. 14,17)

 Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

     ¿Quién es Dios? Desde siempre se ha planteado esta pregunta el espíritu del hombre. Las respuestas de los «amigos de la sabiduría» los «filósofos» son vanas a menudo muy profundas pero, a fin de cuentas, bastante decepcionantes. Lo que ocurre es que se quedan en el nivel de la abstracción, ya que, generalmente, se mueven en torno a la idea que el espíritu humano puede hacerse de Dios, o de los dioses. Los que creen en un Dios personal le dan multitud de nombres, proclamando al mismo tiempo que está por encima de todo nombre, que no es nada de lo que de él se pueda decir. Los hombres de todas las religiones, sobre todo los místicos, presienten que la mejor manera de expresar el misterio de Dios consiste en identificarlo con el amor perfecto, infinito.

     Así es como la Biblia habla de Dios, de un Dios que el hombre no habría llegado a conocer si él mismo no se hubiera revelado. Esta revelación se ha llevado a cabo de una manera muy concreta; no hay en las Escrituras ningún tratado ni discurso sobre Dios. Más bien dan testimonio del modo como él se ha manifestado y como los hombres han llegado a conocerlo: a través de sus obras e iniciativas. Todas ellas manifiestan un amor infinito a sus criaturas, y en particular al pueblo que eligió para revelarse. El don de la Ley y los acontecimientos del éxodo marcaron de manera decisiva la historia de la revelación, cuyo recuerdo ha transmitido la Biblia. Los salmistas no cesan de meditar asombrados las innumerables e incesantes manifestaciones de Dios, prorrumpiendo en alabanzas y proclamando: «Es eterna su misericordia!» (Sal 117).

     Jesús, el propio Hijo del Padre, imagen del Dios invisible, ha mostrado que no se trataba de una simple forma de decir lo inefable. Él tenía un corazón de carne, con el que amó simultáneamente a Dios y a los hombres, a los que había venido a salvar. Les mostró que amándose unos a otros, todos, hasta los más pobres, entraban en comunión con el amor infinito de Dios y participaban de su Espíritu. Los pequeños y los humildes fueron los primeros en comprenderlo. Con Jesús, «manso y humilde de corazón», cantan su acción de gracias: «Te damos gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, por todo lo que por tu bondad nos has querido revelar!». Tomado de: José Antonio Pagola. 

 "Sagrado Corazón de Jesús. En voz confío"

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