Domingo IV después de Trinidad - Julio 9 de 2017

"VER EL MUNDO CON LOS OJOS DE JESÚS"

     En una época de emergencia educativa, en la que el relativismo pone en discusión la posibilidad misma de una educación entendida como introducción progresiva al conocimiento de la verdad, al sentido profundo de la realidad, por ello como introducción progresiva a la relación con la Verdad que es Dios, los cristianos están llamados a anunciar con vigor la posibilidad del encuentro entre el hombre de hoy y Jesucristo, en quien Dios se ha hecho tan cercano que se le puede ver y escuchar. En esta perspectiva, el sacramento de la Reconciliación, que parte de una mirada a la condición existencial propia y concreta, ayuda de modo singular a esa “apertura del corazón” que permite dirigir la mirada a Dios para que entre en la vida. La certeza de que él está cerca y en su misericordia espera al hombre, también al que está en pecado, para sanar sus enfermedades con la gracia del sacramento de la Reconciliación, es siempre una luz de esperanza para el mundo. (Obispo de Roma / 2012).

Reflexión
     En este texto del evangelio, Jesús tiene la intención de mover nuestros corazones en una sola dirección: el amor a nuestros enemigos. "¡Qué fácil es amar a los que nos aman!", dirá en otra ocasión. Sin embargo lo más difícil del amor cristiano es vivirlo con los que no nos corresponderán, con los que nos insultan o persiguen, con los que hablan mal de nosotros a nuestras espaldas, con los que luchan por arrebatarnos nuestro puesto de trabajo: nuestros enemigos.

     La consigna que nos envía Jesucristo es muy clara: "Sed misericordiosos". Un corazón que no perdona no es un corazón cristiano sino que es un corazón que no agrada ni da gloria a Dios. Por eso Cristo dirá en otra ocasión que si cuando nos acercamos a Dios para rendirle una ofrenda recordamos una enemistad con alguno de nuestros hermanos, primero debemos reconciliarnos con él, y después realizar la ofrenda.

     Practiquemos estas dos virtudes que nos propone Jesús en nuestra vida: la misericordia y la benevolencia. Propongámonos que en ninguna de nuestras conversaciones, charlas o discusiones se mezcle jamás la más mínima crítica hacia ninguno de nuestros hermanos, que son todos los hombres.

     Nadie puede dar lo que no tiene. No se puede vivir en la hipocresía y la mentira siempre, llega un momento en que todo sale a luz. Debemos ser coherentes. Pero qué fácil se nos hace poner exigencias a los demás, pedirles cosas, evaluarlos, medirlos, juzgarlos y sancionarlos por cosas que nosotros mismos no somos capaces de hacer. ¡Qué fácil es criticar! ¡Qué fácil andar despotricando de todo y encontrar en todo error y maldad! ¿Y nosotros? ¿Cómo vamos por casa?

     Nosotros hacemos todo bien…¡Falsos, hipócritas! ¡Sólo Dios es perfecto! ¿Qué frutos estamos dando? Porque de lo que hay en nuestro corazón habla nuestra boca… Sería interesante detenernos un momento a observar, a indagar, ¿qué piensan nuestros hermanos de nosotros? ¿por qué? ¿somos coherentes? ¿o tal vez sólo somos unos “figuretis” que decimos una cosa y hacemos otra? ¿somos un buen ejemplo para nuestros hermanos? ¿predicamos con el ejemplo?

Oremos:

Señor, te pedimos que nos ayudes a ser coherentes en nuestras vidas. Haznos dóciles a tu Espíritu, para hacer lo que debemos, lo que Tú nos propones siempre, y así guiar a nuestros hermanos.

Que habite tu Espíritu en nosotros, para que así con nuestras palabras y nuestros actos te bendigamos siempre.

Que sea a Ti a quien nuestros hermanos vean y sigan a través nuestro. Haz que te transparentemos. 

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